24 de noviembre de 2011

EL MAESTRO DE ESCUELA. Tercera parte


Foto: Marijo Grass


Durante la semana siguiente no ocurrió nada digno de mención. Don Leandro, un tanto abrumado por el encuentro fortuito con Edward, a pesar de tener la certeza de que devoraba más libros que todo el personal del instituto, decidió tomar distancia y dedicarse a otros menesteres. Quizás influyera el hecho de no haber intercambiado impresiones con Doña Elvira, a quien un fuerte constipado a causa del mal tiempo la tenía secuestrada esos días. El jueves, callejeando por el casco antiguo como acostumbraba al final de su jornada, se cruzó con unos músicos que interpretaban el Canon en Re mayor de Pachelbel. Al igual que otros transeúntes, se detuvo unos minutos a gozar de la música barroca; entonces descubrió sus pensamientos sonando como un obstinato; en su caso, una voz interior que le sugería una y otra vez no olvidar al muchacho.



Foto: Marijo Grass


Al llegar a casa, todavía meditabundo, decidió poner un poco de orden en su despacho. Como solía ocurrir al emplearse a fondo en tan rigurosa tarea, apareció en su vitrina un libro olvidado. Se trataba de una novela corta de Henry James que llevaba por título “El alumno”, publicada en 1891. Asombrado por el curioso descubrimiento, e incapaz de recordar el momento en que llegó el texto a sus manos, y por ende a su biblioteca, aunque su precioso ex libris en el reverso de la cubierta garantizara su propiedad, se acomodó en un viejo sillón orejero, dispuesto a refrescar la memoria leyendo algunos párrafos:

…Pemberton era modesto, era incluso tímido; y la posibilidad de que su pequeño pupilo pudiera ser más inteligente que él era, para su intranquilidad, uno más entre los peligros que entrañaba aquel experimento novedoso…

Una mueca de perplejidad invadió su rostro. ¿Acaso era una sombra de semejante dimensión la que se cernía sobre su inconsciente en relación a ese chico? Retomó la lectura hasta que un nuevo párrafo le obligó a detenerse una vez más.

«¡Es un genio, usted lo adorará!» Antes del viernes, Pemberton recordó aquellas palabras, que le hicieron pensar, entre otras cosas, que los genios no son invariablemente adorables. Sin embargo, todo iría mucho mejor si había un elemento que hiciera de la tutoría algo absorbente: tal vez no tuviera razón al dar por supuesto que resultaría tediosa.


Foto: Marijo Grass


Como a Pemberton, tutor de Morgan en la novela, a Leandro le recordó las palabras de Doña Elvira, incitándolo a convertir a Edward en su pupilo. Al día siguiente se acercó de nuevo al centro de recursos dispuesto a dar el primer paso, pero esta vez no encontró ningún alumno. Decidió entonces pedir a María, la encantadora bibliotecaria, que le hiciera llegar su ejemplar de Henry James a Edward Kagasha.

—¿Quiere añadir una nota, un trabajo o algo? —preguntó la mujer, afable.
El profesor permaneció un instante dubitativo; acto seguido negó con la cabeza.

—Está bien así. No le diga nada. Solo entréguele el libro cuando lo vea.

—Si le urge puede hacerlo usted mismo. Ahora se está disputando un partido de fútbol en nuestras instalaciones, por eso no tengo público que atender. Seguro que lo encuentra en el terreno de juego o en el banquillo.

—Preferiría que me hiciera usted el favor, si no le importa. Ando un poco apurado de tiempo.

Don Leandro se despidió con un gesto cordial y salió de la estancia sin acusar premura alguna. Sin embargo, antes de abandonar el recinto permaneció un rato en las gradas observando el partido, o más bien a un jugador aventajado que además del balón adoraba los libros.


Foto: Marijo Grass


El domingo, después de dos semanas de intensa lluvia, constante y llorona, amaneció un sol radiante. A media tarde, Don Leandro resolvió dar un paseo y acercarse a casa de Elvira con intención de conversar un rato. Esperaba encontrarla restablecida de su molesto constipado. Su colega, complacida por la inesperada visita, no dudó en invitarlo a la tertulia que disfrutaba con unas amigas de su club de lectura, a las que interrumpió en el instante en que una de ellas, experta en crochet y amante de la novela romántica, afirmaba jocosa:



Foto: Marijo Grass


D.H. Lawrence era un misógino de pacotilla. ¡Quería que las mujeres renunciaran al placer del sexo! —Natividad enmudeció en cuanto apareció ante ellas el maestro, incapaz de ocultar una ligera turbación en su rostro.

—Queridas, tengo el placer de presentarles a mi estimado Don Leandro; compañero de fatigas y maestro de maestros en asuntos literarios. Le he pedido que nos acompañe. Ahora mismo voy a poner en una bandeja las deliciosas pastas que nos ha traído para acompañar el té —pronunció Elvira en un tono algo solemne. Y salió en dirección a la cocina dejando al profesor a merced de sus amigas.

—Pero, no se quede ahí como un pasmarote. ¡Vamos, hombre, venga usted a mi vera, que este sofá es muy cómodo! —exclamó Cecilia, la que parecía más joven, luciendo un lápiz de labios de un rojo chillón, igual que el vestido y sus zapatos de tacón alto.

—Y, ¿cómo lo lleva, Don Leandro? Me refiero a las nuevas generaciones ¡Qué lejos están ya de nosotras! Los chicos deberían leer a Dickens, Andersen o Joyce, pero me temo que prefieren a Stephen King o a esa Rowling —observó Doña Luisa, profesora de ciencias jubilada y lectora insaciable de relatos y poesía.

Andersen escribió cuentos de hadas maravillosos, pero estoy segura que sus brujas y gélidas princesas no son más que un reflejo de su frustración sexual —atacó de nuevo Natividad, recuperando su desparpajo y soltando una carcajada que acentuó la timidez del maestro, incapaz de mostrarse gallo en el gallinero.

—¿Usted qué opina? —preguntó Almudena, una enfermera de unos 50 años, compañera de Doña Elvira en otra de sus grandes pasiones: los cursos de repostería fina.

—Al igual que Harold Bloom, yo solo acepto tres criterios de grandeza en la literatura: esplendor estético, poder cognitivo y sabiduría—detalló Don Leandro, buscando su espacio en el gallinero—. Lo que se erige en altar como relevante acabará en el olvido en menos de una generación. Lo que sobrevive siempre es viejo y está bien hecho, como una preciosa lámpara de hierro forjado suspendida
en la bóveda de un edificio histórico.

Foto: Marijo Grass


—¿Está usted seguro? Yo creo que nuestros nietos sabrán menos de Einstein que de Steve Jobs. De la misma forma que para muchos chicos de veintitantos, que han crecido con él, Harry Potter es un clásico —señaló Cecilia sentando cátedra.

—Por eso es tan importante la labor de un buen maestro. Compartir el entusiasmo por obras imprescindibles, que ayudan a entender el mundo y crecer como indivíduo, anima a otros lectores a hacer su propio viaje de descubrimiento —pronunció Elvira, depositando sobre una mesa de centro una bandeja con la merienda.

—Y, ¿qué es realmente imprescindible? Lo que para algunos es valiosísimo a otros puede parecer insignificante. No hay más que echar un vistazo a esas listas que publican a menudo los diarios, de la mano de críticos y estudiosos que jamás se ponen de acuerdo —observa Cecilia.

—Sin lugar a dudas, es un tema peliagudo donde los haya: conseguir el beneplácito popular por mayoría absoluta —añadió Doña Luisa.

—Eso resulta más político que humanístico, querida —señaló Cecilia, mientras se servía en un pequeño plato de porcelana china galletas de chocolate belga y lima.

—Yo he decidido leer de nuevo a Whitman. Supongo que necesito recuperar la confianza y sanar mi propia conciencia —confesó Doña Natividad, menos eufórica que al principio.

—Superar el duelo de un divorcio con “Hojas de hierba” entre manos me parece una buena terapia de choque —aseguró la enfermera.

—Debo poner en vuestro conocimiento que he propuesto a Leandro un reto, aunque para él de momento es un enigma —confesó Elvira.

—¡Qué emocionante! Y, ¿se puede saber en qué consiste? —interrogó complacida Natividad.

—Ayudar a un joven escritor iluminando su camino.

—¡Suena prometedor! —exclamó la enfermera con entusiasmo—. Pero, ¿cómo se reconoce un buen escritor? ¿Acaso es relevante el fulgor de su mirada o el ímpetu de sus manos? Es obvio que debe poseer talento, y proporcionar claves para gestionar el talento no es tarea sencilla, pero puede resultar muy grata con el tiempo.


Foto: Marijo Grass


Esa misma noche, con los antecedentes de la velada sobrevolando su cabeza, Don Leandro no lograba conciliar el sueño. Se sentía azorado, inquieto. Algo bullía en su interior obligándole a buscar nuevos alicientes en su vida. Quizás Elvira le estaba sirviendo una oportunidad en bandeja de plata; quizás debiera tomar en serio sus palabras y aceptar el reto. Recordando la mirada de ese chico y las palabras de T.S. Eliot con las que había decorado su carpeta, se levantó de la cama en busca del texto original, por si le servía de ayuda, distracción o consuelo.


“…El hogar es el punto del que partimos. Vuélvese
más extraño el mundo a medida que envejecemos,
más complicada la trama de muertos y vivos.
No el vívido instante aislado sin después ni antes,
sino el arder constante de una vida,
y no la sola vida de un hombre, sino de viejas
piedras que nadie sabe descifrar. Hay un tiempo
para la noche bajo la luz de las estrellas
y un tiempo para la noche a la luz de la lámpara
(noche del álbum de fotografías).
Es más él mismo el amor cuando aquí
y ahora dejan de importar.
Los viejos deberían ser
exploradores, ahora y aquí
no importan, debemos quedarnos quietos
y movernos hacia otra intensidad
para lograr mayor unión, una comunión
más profunda en la fría desolación oscura,
entre los gritos del viento y la ola,
en las aguas inmensas del petrel
y la marsopa. En mi fin está mi principio”.



Foto: Marijo Grass


Un par de días más tarde, al finalizar sus clases, encontró en su casillero la novela de Henry James que había dejado en manos de María, la bibliotecaria. En el interior encontró una nota:

"Me gustaría mucho ser su Morgan. ¿Querría usted ser mi Penderton?"
E.K


Don Leandro esbozó una sonrisa; guardó la nota en su maletín, y haciendo una inspiración profunda, al tiempo que recogía su gabardina, abandonó con paso firme la sala de profesores.



Foto: Marijo Grass


CONTINUARÁ

41 comentarios:

Jo dijo...

esa ultima frase!... a veces yo te quisiera pedir Querida Jo

si le das un poco de aliño a mi musa desgastada...


:* besos

Juanjo dijo...

Casualmente hace poco me lei "El alumno" asi que tu escrito me ha evocado muchas cosas
Besos

Jo Grass dijo...

JO: qué más quisiera yo que saber cómo aliñar convenientemente las musas!!! Lo único que se me ocurre es seguir desgastándola, leyendo y escribiendo siempre que el tiempo y las obligaciones lo permiten.
Besitos y ánimos!

JUANJO: pues yo recuperé ese texto hace un par de días, por eso se me ocurrió que sería bueno para Leandro recuperarlo también, jajaja

Cantares dijo...

Oh, hace un tiempo que quiero volver a Whitman.
Precioso tu post!
Besos

Jo Grass dijo...

CANTARES: pues no dejes de hacerlo. Es una buena elección para acompañar una refrescante noche estrellada.
Besos

eL aRTe De SeNTiR dijo...

Te voy a decir una cosa, entre tú y yo. :)jajaja
Este es mi primer pero de un relato tuyo, y ya verás tú que tontería...
No se porqué me cuesta conectar con Edward más de lo normal, quizás sea porque no uno el nombre con un africano, o porque ya el simple nombre me suena algo vampírico, ya sabes... De todas formas quitando el nombre que a mi personalmente me echa para atrás, lo demás es asombroso. Un besazo

Jo Grass dijo...

EL ARTE DE SENTIR: qué mono, jajaja me encanta que pongas peros, porque es la única manera de aprender y progresar. Solo tengo que decirte que Edward es un nombre tan común en Uganda como aquí Pepe o Manolo.
Besitos

Juan Rodríguez Millán dijo...

Igual te parece una tontería, pero de esta historia estoy valorando por igual la trama principal, la de Edward y Don Leandro, como los detalles que vas incluyendo por el camino. Me encantan tus secundarios (secundarias, más bien; no me digas que no tendrías historias con esa bibliotecaria o con ese club de lectura...), me encantan tus mensajes (desde la posible conjugación de deporte y letras a la olvidada obligación del trabajo de un profesor) y me encantan todas tus citas y referencias literarias. Me está encantado leer esta historia, Jo, de verdad...

raindrop dijo...

Interesantes toques de erudición a lo largo de esta historia. Como si los libros ya hubieran escrito, aun sin saberlo ellos, otras tramas que están por desarrollarse. ¡Tantas veces sucede así! ¿no es cierto? :)

Finalmente se disuelven las dudas del profesor. Menos mal, porque ¿qué más puede desear un profesor que un alumno dispuesto?
¿Y qué clase de profesor es aquel que no está satisfecho cuando su alumno lo supera?

besos

Muerte roja dijo...

A Mi lo que me gusta es ese poema casi al final de T.S. Eliot con esa foto tan bonita de la puesta del sol, pero bueno, es una entre tanto porque me encanta tus relatos JO.
Esperaré la continuación

Besos :)

Nocivo dijo...

Me encanta ese club de lectura, pero hecho en falta que Edward tome más protagonismo. Supongo, gracias al final, que profundizarás más en él en siguientes entregas, así que estaré atento al blog ;)

Lola dijo...

¡Pero cuanto sabes, niña! estoy encantada leyendo y me quedo con ganas de más. De verdad que eres la pera. Un besito con admiración. Lola

eL aRTe De SeNTiR dijo...

Pues me dejas sorprendido. Algo que aprendo... hoy te has convertido en una multiusos, me maravillas con tus letras y encima me enseñas algo extra.
Un beso

The Cool Hatter dijo...

Bien!! Cómo me alegra que D. Leandro haya dado el primer paso.
Una relación con mucho futuro, sin duda, igual que sus reuniones con las amigas de Elvira, no debería abandonar ese grupo, seguro que le aporta muchísima chispa a su vida.
Me encanta esta historia, Jo!!
Besos

A-B-C dijo...

Hermoso todo el texto, el devenir de don Leandro, el texto seleccionado, las obras, la nota final...

Un deleite

Tracy Mour dijo...

Voy a parecer una aduladora halagadora, pero qué sepas que estoy muy indignada de no tener la cuarta parte lista en la recámara para leerla!!
En fin, me queda el consuelo que fuerza de leerte a mi también se me pegará algo, así como Edward espera aprender de don Leandro!
Besotes.

ayxagirona dijo...

Sembla que al donar el primer pas ja s'ha trencat el gel, es una relació obligada i dirigida cap el triomf, fa una mica de ràbia esperar un altre setmana, però ho farè encantada. Petons des de la Costa Brava.

Jo Grass dijo...

JUAN RODRIGUEZ MILLÁN: el problema de escribir sin un plan previo es que pueden apaecer situaciones y personajes sin preaviso a quienes tomas cariño y quieres que te cuenten más. Y eso aquí puede resultar muy largo (todavía tengo en ascuas a un dibujante en Nueva York). No sé qué hacer , Juan. Esta historia podría llevar el mismo camino y no quiero aburriros con ella.
Requetebesos

RAINDROP: la mayor satisfacción para un profesor es sin duda encontrar alumnos apasionados y receptivos, y disfrutar de lo que puedes aprender de ellos, que es mucho!!
Besitos

Jo Grass dijo...

MUERTE ROJA: qué bellos son esos Cuatro Cuartetos de Eliot. Me alegra que te haya gustado!
besos

NOCIVO: el problema es que la historia me pide más y me siento incapaz de negárselo. Todavía no conocemos a Edward! ¿Por qué no seré capaz de escribir microrrelatos?

Jo Grass dijo...

LOLA: encantada estoy yo de saber que mis historias interesan!
Besotes, querida Lola

EL ARTE DE SENTIR: creo que todos aprendemos de todos. Eso es lo fascinante de leer y que te lean!
Besitos

Jo Grass dijo...

THE COOL HATTER: Ay, me encantaría seguir escribiendo más de ese grupo de encantadoras señoras amantes de los libros, jajaj. Yo también estoy convencida que la relación entre Leandro y Edward puede ser beneficiosa para ambos!
besos, bella

A-B-C: Glups! Me voy a poner como un tomate. A ver si antes de que pierda la dentadura consigo publicar algo, jajaja
Gracias. Resultan muy alentadoras tus palabras para mi largo camino de aprendizaje!

Jo Grass dijo...

AYXA: trencar el gel era el mès complicat. Esperem que sigui productiu!
petons, maca

Marisa dijo...

Mi querida Jo. Nada más lejos de mi intención que adular, pero es que tu relato se está convirtiendo en un magnífico guión cinematográfico (no por la forma, sino por el contenido). A medida que leía este tercer capítulo, me estaba viendo embuida en una magnífica película con un argumento más que interesante teniendo en cuenta los tiempos que corren para la actividad docente.
Genial.

Los versos que dejas de Eliot son preciosos, "En mi fin está mi principio".

Por todo ello, enhorabuena y gracias por este ratito de deliciosa lectura.

Muchos besos y buen domingo.

Jo Grass dijo...

MARISA: ¿recuerdas aquella preciosa canción de Golpes Bajos? "Malos tiempos para la lírica" Creo que va siendo hora de cambiar eso y reivindicar el auténtico y maravilloso trabajo del docente. Un buen maestro es un magnífico tesoro en la vida!
Gracias una vez más por tus palabras de aliento!

VAN dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
VAN dijo...

Me había leído esta última entrada sin leer las anteriores y he tenido que borrar mi comentario anterior pues me he encontrado precisamente en la primera parte mención a "Descubriendo a Forrester", que te comentaba que me recordaba este relato! (eso me pasa por empezar por el final!
Hay algo que hace tiempo que tengo ganas de preguntarte... ¿seguirás la historia de Nueva York? Me gustó y me enganchó tanto que siempre espero una continuación :))
Besos xoxo

Jo Grass dijo...

VAN: bueno, no sé si se puede leer al revés pero, me alegra que al final hayas recuperado lo anterior. La historia del dibujante quiero terminarla como una novela y dedicarla a todos los que hicistéis que continuara con ella, incluso que empezara a escribirla porque salió de un simple diálogo.(gracias a Juan y Sr. Nocivo) A ver cuando consigo ponerme.
Besitos

Juan Rodríguez Millán dijo...

¿Me permites que dude de que tú puedas aburrirnos...?

Sergio dijo...

Me encanta como pones voz a tus fotografías,
...¿o es al revés?

Lamardestrellas dijo...

Jo, quizás es que este tema (alumno-profesor-amor por la Literatura) nunca me cansa o tal vez es que te has superado, pero yo te sugeriría, aunque el resto de tus admiradores me lanzaran tomates por mi osadía, que recogieras lo que hasta ahora has escrito, lo colocaras en una carpeta de tu ordenador titulada El maestro de escuela y te decidieras a escribir esta novela. Pero tú, ti, te, contigo. Dedicándole privacidad y tiempo y amor y reflexión y correcciones a tu novela. Y luego, la publicas :)

Adriana dijo...

Ya no se cuantas entradas tuyas me he leído, y siempre me quedo con ganas de más. Estás tocada con la virtud del talento, cariño, que disfrute de texto y de fotografias, por cierto, me apunto al club de lectura de Elvira, seguro que no tiene desperdicio. Besos guapa.

Jo Grass dijo...

JUAN RODRIGUEZ MILLÁN:bueno, supongo que si dedicais un tiempo extraordinario a leerme no es para aburriros pero soy consciente de que esta historia está pidiendo a gritos un desarrollo profundo y si voy colgando un capítulo por semana se puede hacer eterno, así que estoy pensando en hacerlo fuera del blog. Y esta será la segunda novela que os dedico, porque el dibujante está también en espera y quiero recuperarla y escribir el tercio que queda. Creo que os lo debo y además me apetece mucho.
Besos

SERGIO: mi archivo de imágenes me inspira las historias. A veces parto de un par de ellas y después busco las que faltan para ilustrar el texto o al revés.

Jo Grass dijo...

LA MARDEESTRELLAS: me ilusiona muchísimo que tú digas eso y es precisamente lo que está dando vueltas en mi cabeza. Si quiero que funcione no puedo improvisar cada semana un capitulo porque empiezan a aparecer personajes que me exigen atención y un cierto protagonismo, lo que anula la posibilidad de dejarlo en un relato y me obliga a trazar un plan previo y convertirlo en novela. Qué bien que te parezca adecuada la idea.
besitos

ADRIANA: me encanta que te enganche la lectura, pero debería ceñirme a textos más cortos y las historias que planteo siempre me acaban pidiendo más, y esta es una de ellas.
Besos

Humberto Dib dijo...

Qué recorrido tan interesante (y erudito) haces, mi querida Jo, tantos autores que la llamada "literatura contemporánea" me hizo olvidar.
Siempre creativa.
Un beso.
HD

ipodgirl dijo...

¡Bien! Por fin podremos ver al profesor y al genio juntos :)
Besotes!!!

Jo Grass dijo...

HUMBERTO: de vez en cuando es imprescindible recuperar a los clásicos. Me alegra que te haya gustado
besos

IPODGIRL: bueno, me temo que vais a tener que esperar un poco. He decidido hacer algo largo con esta idea, así que me temo que no os voy a presentar a Edward ahora. Creo que todos los personajes se merecen más tiempo y atención de la que dispongo en estos momentos. A ver si mañana puedo escribir algo para compensarlo, aunque estoy macroliada y lo veo complicado. besitos

Nina Maguid dijo...

Has tocado un punto fundamental: el trabajo interior que debe hacer el maestro para despojarse del orgullo, que al fin y al cabo no es más que miedo.
Gracias por el paseo literario, tomo nota de lo que no he leído y me aventuraré en los manglares de mi trastero en busca del Whitman perdido.
Un beso grande.

Sergio dijo...

Aclarado. Un magnífico resultado de cualquier modo.

Jo dijo...

hola. yo hoy solo con una molestia
te dejo un correo es que ... ando tratando de solo tener a quien quiera leerme porque le agrada lo que digo ...
y solo hay poca sincera

joliegehry@gmail.com
espara poder mandarte invitación

besos

Anusky66 dijo...

Por fin he recuperado la conexión a internet y sobre todo, por fin he podido continuar la historia , estaba intrigadisima de como se desarrollaría la relación maestro- alumno.Continuo a la espera , ya que cada vez esta mas interesante.
Por cierto,me han enamorado las señoras del club de lectura.
Un besazo

Sonix dijo...

Es una historia encantaadora, es una pena que no haya ido siguiéndola a tiempo y mientras la ibas publicando. Lo bueno es que ha seguido aquí, y me ha encantado. Parece que Leandro por fin se ha rendido al hecho de tener un pupilo, estoy deseando ver cómo continúa la historia. ^^
Eso sí, nombras un montón de libros que no he leído.
Besos!