25 de febrero de 2010

Citas Horribles IV. DESCUBRIENDO A PRÍAPO. Primera Parte

“ El sexo forma parte de la naturaleza. Y yo me llevo de maravilla con la naturaleza”

Marilyn Monroe





Foto: Marijo Grass

Era la segunda vez que pisaba Amsterdam: un lugar donde las casas parecen deliciosas galletas de chocolate y la diversidad de modelos de bicicletas, que circulan por sus calles, sorprenden al visitante por su exclusiva originalidad. La primera fue tan breve que me proporcionó tan solo un par de anécdotas que contar.


Cursaba mi primer año en la Universidad, y en aquella tarde de primavera se había desatado una fuerte tormenta, como suele ocurrir en Valencia: nunca llueve pero, cuando sucede, todo se inunda. Si hay algo que caracteriza esta ciudad es que cualquier acontecimiento se produce y se celebra, no a lo grande, sino a lo bestia.


Saliendo de una exposición en la famosa galería Luis Adelantado— lugar de peregrinación obligado para todos los que soñábamos con un futuro en el mundo del ARTE—, me crucé con una señora muy bien vestida de unos treinta y tantos, cargada con un maletín gigante, unos tubos de los que se utilizan para guardar dibujos o planos, un cochecito muy moderno ocupado por una niña pequeña y un gran paraguas multicolor, con el que ensayaba malabarismos para llegar a una plaza situada a la vuelta de la esquina, en busca de un taxi que evitara que ambas se dieran un baño. El caso es que la vi tan abrumada que me ofrecí a ayudarla con los bártulos hasta la parada más cercana; 10 minutos más tarde me había contratado como canguro.


Cuando me presenté por primera vez en su casa descubrí que era holandesa y diseñaba unas lámparas increíbles. Al cabo de dos meses me pidió que la acompañara un fin de semana a Amsterdam, para cuidar de la niña mientras ella se reunía con sus fabricantes o salía por las noches a explayarse, lo que me dejaba un par de mañanas para pasear a mi aire, en las que sólo recuerdo haber visto algunos cuadros de Van Gogh y que, al pedir la cuenta en un café, con el ticket y el cambio no me dieron una tarjeta o unas cerillas, ni siquiera una chocolatina, un condón o un porro— teniendo en cuenta el lugar, tan permisivo en materia de vicios y pasiones—; me regalaron “chuches”: golosinas de cualquier formato y color. A esto se reducía mi experiencia holandesa.



Foto: Marijo Grass

Años más tarde y con mi licenciatura a cuestas, mi amiga Katy, oriunda de Utrech y compañera del Workshop que cursábamos en la FEMIS— la escuela pública de cine en Paris—, me invitó a visitar su tierra: KOEIENLAND, el paraíso de la vaca lechera, o eso es lo que representan los souvenirs del lugar, que puedes encontrar en cantidades industriales en los alrededores de la Plaza del Dam, frente al Palacio Real; además de zuecos, tulipanes y molinos de viento; como el toro, los abanicos y las sevillanas en España, aunque muchos turistas se compren sombreros mejicanos o confundan las castañuelas con cucharas soperas para tomar gazpacho andaluz: nuestra sopa de verano más internacional, gracias a las mujeres de Almodovar y sus ataques de nervios.



Foto: Marijo Grass

Bueno, en realidad nosotras íbamos a un lugar llamado Naarden, a 15 minutos de la capital, donde vivía la madre de mi amiga con su nuevo marido, hijos y suegra, pero como se ausentaban una semana para navegar por el Nilo en un viaje organizado, pensábamos “okupar” su casa y disfrutar unos días del paisaje campestre y sus vacas de postal, además de realizar unas cuantas visitas al Rijksmuseum a contemplar a Rembrandt: imprescindible para aprender a iluminar rostros con absoluta emotividad.








Era la excusa perfecta para olvidarme del cretino de Antoine. Que ¿quién era Antoine? El tipo que dirigió la película en la que habíamos trabajado durante los últimos tres meses, pero debo reconocer que al principio me gustó. Y, ¿por qué me gustó si era un cretino? Porque siempre he demostrado una habilidad extraordinaria para ligar con tíos inconvenientes, como si tuviera un imán instalado en el cerebro. Casi podría considerarlo una de mis aficiones artísticas, como predicar en el desierto: te sientes la más original a sabiendas de que vas a acabar como una colilla. Te dejas encandilar por su capacidad de seducción, su discurso erudito o su mirada leonina. Mi hermana lo llama masoquismo, yo adicción. Algunos se drogan, otros se emborrachan, a mí me da por enrollarme con hombres canallas.


Nos conocimos en el Workshop y la mala fortuna nos reunió en el mismo equipo. Como mi formación previa era en Bellas Artes y la de Katy en Diseño nos asignaron el departamento de Dirección Artística, aunque ella estaba matriculada en Edición y yo en Fotografía. Antoine había cursado una carrera de Humanidades y su padre representaba a unos cuantos directores de culto, así que sus credenciales y las oportunas llamadas de su progenitor a la Escuela lo colocaron enseguida en el rol más demandado por el grupo: el director del proyecto.






Todo el mundo, más o menos iniciado en estos menesteres, sabe que producir un cortometraje es equivalente a hacerse el harakiri, y si tu nombre va a aparecer en los títulos de crédito como jefe de equipo tendrás que clavarte una nueva daga cada día de rodaje, porque da igual el cargo que ocupes: te comerás el mismo bocata rancio, acudirás de madrugada a descargar la furgoneta y apagarás fuegos en otras hogueras aunque no sean las tuyas porque, en el mundo de las peliculitas una sirve igual para arreglar el roto que para hacer el descosido.


Foto: Marijo Grass


Antoine estaba empeñado en hacer una nueva versión de un corto de Pascal Aubier: un cineasta francés que había trabajado como asistente de todos los grandes de la Nouvelle Vague. La había visto siendo un niño y le había impresionado de verdad.


Se titulaba: La mort du rat.


La película empieza con una secuencia de una fábrica de guisantes que se repite de forma monótona, como un bucle sin fin, hasta que las máquinas envasadoras se estropean y el equilibrio se destruye. El ritmo cambia mientras un hombre es despedido por sus jefes. Regresa a casa y se enfada con su esposa, quien a su vez riñe a su hijo, que le da patadas a su perro, quien persigue a un gato que intenta matar a una rata. Se trata de una cadena causal de acontecimientos que cada protagonista traslada a la siguiente tragedia hasta el final. Lo inevitable de la cadena está subrayado en las escenas finales, que son imágenes repetidas de la rata corriendo para salvarse. Cada vez que está a punto de conseguirlo la escena empieza otra vez, hasta que el gato destruye a su presa. En definitiva, el film plantea la importancia del lugar que ocupa el ser humano en esa mórbida cadena causal.


Antoine decía que aquello era Cine Etnográfico y que nosotros íbamos a hacer un remake, pero sólo con ratas escondiéndose en las alcantarillas de París o corriendo por la calle, mezcladas con planos de gente haciendo lo mismo al regresar a su casa después del trabajo un día tras otro. En fin, quería hacer una película infumable y encima nuestro trabajo se reduciría a conseguir ratas y, según sus órdenes, a amaestrarlas.





Foto: Marijo Grass


Por fortuna logramos convencerlo para cambiar los asquerosos roedores por un grupo de personajes con trabajos alienantes, que trataba los problemas de filosofía de la percepción que tanto le gustaban. El asunto es que acabamos emborrachándonos una noche, después de una larguísima jornada, y me lié con él. Que ¿cómo pude liarme con él? Pues muy sencillo, y no voy a echar la culpa a la borrachera:


Antoine era muy elocuente, sabía mucho de cosas que yo ignoraba por completo, y hay toneladas de asuntos que me fascinan pero soy incapaz de ponerme a leer y aprender sobre ellos porque me aburren; como esas películas de cine soviético, del tipo “La madre” de Pudovkin: el rey del montaje constructivo, que me resultan un tostón sólo apto para intelectuales, y yo no formo parte de esa tribu; o “Alexander Nevsky” de Eisenstein: un rollo bélico que le encanta a los tíos. A mí me hace más gracia la parodia de Nora Ephron en “Algo para recordar” ( Sleepless in Seattle), cuando Rita Wilson— que hace de hermana de Tom Hanks—, rememora la escena del film original de Leo Mc Carey´s, en la que Deborah Kerr le da plantón a Gary Grant en el Empire State el día de San Valentín porque tiene un accidente al bajar del taxi, y se emociona de tal manera al contarlo que Tom Hanks y el marido de la Wilson en la película, que no me acuerdo como se llama, empiezan a criticarla diciendo que esas son pelis idiotas para tías desesperadas, pero entonces ellos empiezan a recordar una bélica y acaban llorando también, lo que demuestra que no nos interesan ni emocionan las mismas cosas, o quizás es que yo soy tan superficial como el personaje de Rita Wilson en esa película.







Y volviendo al tema de todo lo que me aburre: digamos que puede dejar de aburrirme si encuentro a alguien que me lo cuenta con gracia, entonces se despierta mi interés de repente, no sólo por la historia en cuestión sino por la gracia que le pone el tío que me la cuenta.


Siempre que he sucumbido en los brazos de alguno, con el que no había tenido una colección de citas previas para desarrollar el romance, ha sido porque me ha entretenido contándome cosas que se convierten en interesantes porque ÉL las ha hecho amenas y divertidas; bueno, si además tienen los ojos oscuros y un buen culo, supongo que también influye.





Foto: Marijo Grass


Aquella noche Antoine me empezó a hablar de filosofía. Yo siempre me quedaba dormida en esas clases cuando cursaba el bachillerato, o mataba el tiempo dibujando así que, jamás aprendí nada que me pareciera interesante pero, esa noche, Antoine me empezó a hablar de la postmodernidad y el desencanto, de la búsqueda de lo inmediato, del culto al cuerpo y la liberación personal. Entonces pasó lo que pasó: acabamos rindiendo culto al cuerpo para liberarnos personalmente de todo el estrés que llevaba consigo la preproducción de la película.





Foto: Marijo Grass

Al día siguiente, inexplicablemente, empezó a tratarme como su esclava, por lo visto ésa era la consecuencia directa de haber sucumbido a sus encantos y reírle las gracias la noche anterior, así que lo envié al cuerno, pero no me quedó más remedio que continuar trabajando con él y, como podréis imaginar, fue como pasar un trimestre en el infierno con un mamarracho al lado haciendo de Lucifer.


Por eso la propuesta de Katy para instalarnos en los alrededores de Amsterdam, tras finalizar el rodaje, me pareció de lo más reconfortante.



Foto: Marijo Grass

Es evidente que el proceso de globalización empezó con la comida en el momento en que la gente empezó a viajar por Europa de forma habitual. En todas partes puedes encontrar una Caesars Salad o Salade Niçoise, además de las versiones autóctonas como la Salade Met Geitenkaas: con base verde y aderezada con bacon, pipas, queso de cabra y aliño de miel. O la Gerookte Kipsalade: ensalada de ahumados con mayonesa de curry.


Nos encontrábamos en el 1e KLAS GRAND CAFÉ. Katy se empeñó en que tomáramos un brunch en la misma CENTRAL STATION antes de coger un tren de cercanías hacia Naarden.


Aquél lugar me recordaba el café del Hotel Oriente de Barcelona, el Gijón de Madrid o Le café de Flore en St Germain de Près, en Paris: lugares que respiran un aire decadente y que resultan a la vez misteriosos y atractivos, con camareros que parecen integrados en el mobiliario fastuoso y tradicional.


Intentando descifrar la carta para decidir algo nuevo que probar observé que, el plato que hacía las delicias de los niños holandeses de la mesa contigua era un Frietje Met Kroketje: un puñado de patatas fritas acompañando una croqueta de carne gigante con aliño de compota de manzana. Como no soy devota de las croquetas gigantes me decidí finalmente por la Salade Niçoise.





Foto: Marijo Grass

La curiosidad culinaria, sumada a la devoción por incorporar vocablos nuevos a mi diccionario particular, me entretuvo un buen rato con la lectura de la carta de vinos, donde descubrí que casi todos eran de importación y la mayoría de origen africano: desde el Huiswijnen, que así llamaban al de la casa, hasta el Rosè wijnen, Whitte wijnen, Rode wijnen y Dessertwijn. Me pareció que mi primera lección de idioma local no estaba mal para empezar. Continué con el Muier Koffie, Koffie brazil, Koffie dom, Irish koffie y French koffie.


Al examinar el carrito de postres, que iba y venía sin descanso por el pasillo, empujado por un hombre uniformado con aspecto de vivir pegado a él, llegué a la conclusión de que estaba en un país de texturas chiclosas: ¡todo era blando! El concepto “ crunchy” resultaba inconcebible en un lugar rodeado de agua como aquél. Y, como llovía a mares, decidimos salir hacia Naarden para instalarnos y descansar un poco tras el largo viaje.





Foto: Marijo Grass


A la mañana siguiente nos despertó la llamada de un amigo de Katy. Se llamaba Alexander, trabajaba en publicidad y, según mi amiga, era un tío divertido y un poco excéntrico que siempre sabía dónde se celebraban las mejores fiestas en la ciudad, así que me pareció buena idea quedar con él.


Nos convocó en un lugar muy céntrico del Oudezijds Voorburg: el famoso barrio del putiferio en los escaparates con luz roja, donde se encuentra el mayor trasiego de turistas en cuanto empieza a anochecer.


Nuestra cita era en un concurrido Coffee Shop de nombre RICK´S CAFÉ. Ya sé que estaba en Amsterdam y no en Casablanca pero, cuando Katy me informó del lugar de nuestra cita me emocioné pensando que la vida me deparaba un remake, y yo estaba dispuesta a vivir un romance con el Rick-Bogart de turno, aunque tuviera fecha de caducidad con despedida a pie de avión en Schiphol Airport una semana después.



Foto: Marijo Grass

Llegamos dando un paseo bordeando los estrechos canales, que separaban hermosas casas antiguas alineadas a ambos lados, observando las barcazas oxidadas amarradas en las orillas. Me daba la sensación de estar dentro de un decorado, o de las ilustraciones de algún cuento nórdico que había leído en mi infancia.


El café disponía de una pequeña terraza frente al canal; estaba abarrotado de gente muy dispar bebiendo cerveza y fumando. Conseguimos instalarnos en un rincón, al lado de una mesa ocupada por unos tipos de treinta y tantos, que lucían bastante macarras y gastaban acento del alto Aragón.


Todavía no habíamos pedido nuestras bebidas cuando se acercó a nosotras un chico alto y delgado, de porte duro pero mirada vulnerable. Ya sé que suena a contradicción pero, al cabo de un rato, me pareció que esa dureza encubría una cierta timidez, o quizás la situación lo requería porque no fue Alexander quien se presentó sino su compañero de piso: un tal Peter, que hacía algo de fotografía y venía a avisar que su colega se había tenido que ir a Bremen a toda prisa, a rodar un spot publicitario. En esa época no teníamos teléfono móvil así que en su lugar se aceptaban los emisarios. En fin, parecía simpático pero en aquél momento no le presté mucha atención; mezclaba inglés y holandés todo el rato y a mi alrededor pasaban demasiadas cosas para esforzarme en seguir la conversación. En cambio, no tardé en conectar mi radar a los macarras de la mesa contigua, porque gritaban demasiado, como hacemos los españoles dando la nota en cualquier lugar.


Inmediatamente los bauticé como: el bueno, el feo y el malo; como en el Western de Sergio Leone, con Clint Eastwood haciendo de vaquero, unas cuantas décadas antes de demostrar su talento como director. En fin, que yo soy de las que lo bautizan todo en un santiamén y, a continuación, como también peco de perfecta cotilla, no pude evitar escuchar sus palabras porque, aquellos tipos eran de armas tomar:


EL BUENO— Pues yo, si tengo una novia ya me pueden poner tías de las mejores en los escaparates que ¡ni caso!

EL FEO— ¡Qué dices tío! Los hombres son como son, las mujeres lo saben y entonces actúan en consecuencia. ¡Pa qué voy a estar con este gilipollas si tengo 5 más disponibles!

EL MALO— Hay tías que tienen novio y por la noche salen y pegan un polvo. ¡Joder, tío! Si llegas a un sitio donde no te conoce nadie y te encuentras una tía que te viene en plan de rollo, ¿qué le vas a decir? Pues, te la tiras y YA. ¡Si seguro que se ha tirado a 25 antes que a ti! ¡Y gratis! ¿Qué le vas a decir? No, ¡es que yo quiero una relación! Yo no me complico la vida, no quiero.

EL FEO— Si es una amiga tuya y la ves cada día, igual te complicas la vida pero si no la conoces ¡qué más te da!

EL BUENO— Venga, tíos, no me toquéis los cojones. A mi no me vais a cambiar las ideas. Yo me he dado más ostias que el copón. Yo soy así y punto, y no voy a cambiar por nada ni por nadie.

EL MALO— Si fueran todas unas santas pues sí, pero como no lo son…

EL BUENO— ¡Que a mí no me va irme de guarras, joder!

EL FEO— ¡Pues a mí sí!

EL MALO— Yo creo que no se lo pasan bien, pero mientras me lo pase yo...

EL BUENO— Pues yo prefiero irme a casa y hacerme un pajote.

EL FEO— ¡Igual no se te levanta!

EL BUENO— ¿Tú crees que “El Chori” es feliz? Y, ¿ a cuántas se ha tirao? Cuanto más tienes más quieres y a la larga no te satisface. Sólo las ves para eso. La Lara es como para casarte con ella, y tener hijos, y todo eso, pero no ¡para follar!



Foto: Marijo Grass

En ese momento me saturé y conecté de nuevo con la conversación de mis amigos, descubriendo que me habían organizado un plan y yo sin enterarme: parece ser que había quedado con Peter— el amigo de Alexander—, para hacer turismo un par de días más tarde mientras él localizaba escenarios naturales para un rodaje, porque Katy tenía que resolver unos asuntos y no nos podía acompañar.


Esto sí tenía gracia: como había estado sonriendo y diciendo que sí a todo con el piloto automático mientras escuchaba a los energúmenos sentados a mi vera, resulta que me había ofrecido a acompañarle durante una jornada completa, y ni siquiera estaba segura de que el tipo me cayera bien: no le había dado la más mínima oportunidad pero, como era mono y yo estaba de vacaciones, y necesitaba olvidarme del capullo de Antoine y de la película, decidí que no perdía nada haciendo una excursión con un desconocido, en un país extranjero donde lo tenía todo por descubrir . Lo que me esperaba se podría calificar de cualquier cosa menos de aburrido. Eso sí que os lo puedo asegurar, aunque en ese momento no lo sabía, ni siquiera lo podía imaginar.


CONTINUARÁ


18 de febrero de 2010

CITAS HORRIBLES II. LA EDAD DEL PAVO. Segunda Parte.


Foto: Marijo Grass


Una actividad frecuente durante la pubertad era pasar más tiempo en la calle que en casa jugando con tu pandilla o charlando de nuestras cosas en un banco del parque, y si no había presencia masculina deshojando la margarita: repartiéndonos los proyectos de novio como si fueran bolsas de pipas. Cuando aparecían los chicos siempre proponían jugar a: churro, media manga, mangotero o beso, atrevido o verdad. En el primer caso se armaban dos grupos elegidos por los cabecillas. A continuación estos se jugaban a cara o cruz la posición más ventajosa para saltar gritando: ¡churro vaaaaa! sobre la barrera que formaba el otro equipo agachado, con sus cabezas entre las piernas del que estaba delante. Una vez colocado el primer grupo sobre el segundo uno gritaba: ¡Churro, mediamanga o mangotero!, que correspondía a la posición en que se sujetaba el brazo. Si los que estaban cabeza abajo acertaban se invertían las posiciones, si se caía la barrera de mulas se volvía a empezar.


Ahora que lo recuerdo no le encuentro la gracia pero supongo que, desde el punto de vista de la revolución hormonal que sufríamos, era perfecto para toquetear.





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En cuanto al juego de beso, atrevido o verdad, no era más que otra versión con intención similar: sentados en círculo y siguiendo un orden debías hacer una elección. En el primer caso te mandaban besar al chico más feo e impopular del grupo, pero si alguna amiga conocía tus anhelos por uno de los presentes te regalaba la oportunidad de cumplir tu fantasía en público y, seguramente, el que todos se percataran al observar el sonrojado del pavo que se instalaba en tu rostro. Si se trataba de “atrevido”, la prueba consistía en llamar ¡imbécil! al guardia urbano de la esquina o escalar un árbol próximo. En el asunto de la “verdad” se prodigaban más mentiras, y si era una chica quien formulaba la pregunta el tema se mantenía igual:


¿Verdad que te gusta fulanito?

¿Verdad que zutanito te ha pedido salir con él?

¿Verdad que te gusta el novio de menganita?


No creo que fuéramos muy conscientes pero era evidente que el mundo giraba en torno a nuestro más reciente descubrimiento: la atracción por el sexo opuesto.





Foto: Marijo Grass



Por aquél entonces yo seguía creyendo que NO podía competir con las guapas oficiales del grupo; tampoco me importaba demasiado porque el no andar detrás y delante de ellos pavoneándome, sumado a mi carácter entusiasta y alegre, me garantizó un lugar vetado al resto de las chicas: me convertí en el único ejemplar femenino que podía acceder a sus reuniones. Es más, empezaron a utilizarme como paño de lágrimas cuando las cosas no marchaban bien con ellas: también necesitaban la otra versión; así que todos me contaban sus neuras mientras yo escuchaba con suma atención y les proporcionaba mi punto de vista. Aquello fue un training estupendo para adquirir habilidades en el trato con los chicos, pero también generó envidias y malos rollos con aquellas que interpretaron que yo ligaba con todos y les arrebataba el éxito que protagonizaban en sus sueños.





Foto: Marijo Grass


FRAN nunca formó parte de mi pandilla, él vivía en la ciudad y los grupos solían formarse con amigos del parque o del colegio. El Conservatorio de Música y Danza congregaba a gente con un interés artístico pero sin ningún lazo externo y no tuvimos la oportunidad de ampliar nuestra relación hasta que me instalé en casa de mi abuela.


Llevábamos bailando dos años en la misma clase, con él como único bailarín masculino: objeto de trifulca constante para tenerlo de pareja en el espectáculo de final de curso. Sin haber cruzado más de tres frases el destino lo puso en mi camino para empezar un vínculo que duraría mucho tiempo.





Foto: Marijo Grass


Todo empezó el día de nuestra exhibición, que se celebraba en un teatro de verdad, un par de meses después de mi undécimo aniversario. Era el momento más excitante del año porque la función era pública, se anunciaba en prensa y también en la radio y, ¡por fin nos subíamos a un escenario! Nosotras bailábamos dos veces: una con el grupo de Clásico y otra con el de Contemporáneo. FRAN, además, participaba junto a otro niño, de la clase de claqué, en el número de los mayores que cerraba el espectáculo, pero le tocaba salir a escena solo durante un par de minutos, y eso le tenía muy preocupado. Las chicas estábamos eufóricas una vez nos habíamos vestido y maquillado; matábamos el nerviosismo en el camerino comiendo sin parar y canturreando.





Foto: Marijo Grass



Cuando llegó el momento de salir a escena todo salió como habíamos planeado, si exceptuamos que Marga se equivocó un par de veces y casi choca conmigo, y Sole perdió una zapatilla que salió despedida hacia el público volando, pero nos aplaudieron muchísimo y regresamos al backstage triunfantes. Todas se marcharon corriendo a ver el resto de la función desde el patio de butacas, en un palco que nos habían reservado, pero yo me quedé por allí pululando, porque ese trasiego de gente entrando y saliendo me parecía más excitante, y así aprendía otras cosas, como el trabajo de los técnicos o del regidor, que parecía estar al borde del infarto.


Se acercaba el final y con ello la actuación de FRAN como solista; fue entonces cuando reparé en él tirado sobre una alacena de atrezzo detrás del escenario. Su aspecto demacrado me recordaba al niño lobo de la Familia Monster, que dormía en un armario y adoraba los extraños experimentos de su abuelo, en una serie de televisión muy antigua que le encantaba a mis hermanos. Me acerqué con cierto sigilo, y una vez frente a él le regalé una sonrisa más grande que la de un payaso de circo.


¡Hey!, ¿qué haces aquí tirado?





Foto: Marijo Grass


Levantó la vista hacia mí con lentitud y me ofreció una expresión de pánico.


¡Vamos! Tienes que prepararte. Muévete un poco. Deberías hacer el calentamiento.


ÉL continuaba petrificado, regalándome una mirada de perrito asustado pero sin abrir la boca ni mover un músculo de su anatomía, como si fuera un objeto más entre lo que había allí tirado.


— Le he dicho a mi hermana que va a alucinar cuando vea las piruetas que haces en este número. ¡Es lo mejor de todo el espectáculo!


En aquél instante sus ojos vidriosos se empezaron a abrir como unas alas de mariposa a punto de iniciar el vuelo.


¿Tú crees?— me interrogó, empezando a soltar la tensión que lo oprimía.

¡Pues claro! Además, ¡te salen genial!— le respondí jubilosa.

He olvidado la coreografía— afirmó a continuación, recuperando la tensión que lo invadía.

¡Qué dices, hombre! Eso es imposible. En cuanto escuches la música saldrá ella sola. Tú déjate llevar y pásalo tan bien como en clase, ¡y ya está!


Le hablé tan convencida que al estirar de su brazo para que saliera de allí no ofreció resistencia. Unos minutos más tarde, sin necesidad de empujarlo, estaba preparado. Esa era mi intención si no conseguía reacción alguna, pero lo hizo: superó su pánico escénico y brilló con luz propia y, a partir de aquél momento, nos hicimos amigos.



Foto: Marijo Grass


Como me había instalado en la ciudad, en casa de mi abuela, empezamos a quedar con frecuencia y a llamarnos por teléfono para comentar la serie de la tele que estábamos viendo a cada rato. A él le gustaba Starsky & Hutch y a mí Los ángeles de Charlie, pero ambos coincidíamos en nuestra predilección por El coche fantástico y Miami Vice. Le encantaba el Ford Torino rojo con una larga raya blanca de los detectives que casi siempre conducía Starsky. Yo quería ser un ángel, embarcarme en misiones arriesgadas resolviendo secuestros o asesinatos, y siempre me identificaba con el personaje de Kelly, interpretado por Jaclyn Smith, porque sumaba las características de las otras dos: Sabrina, que era la lista, y Jill que hacía de guapa. En el caso de Knight Rider estaban claros los papeles: FRAN hacía de Michael Knight y yo de Bonnie, que era la eficiente mecánica de KITT: el coche fantástico, con el que defendía a los más débiles de las injusticias de los malos; igual que Sonny Crockett y su compañero Ricardo Tubss, aunque a él le ponía un poco nervioso el teniente Castillo: el personaje de Edward James Olmos.

FRAN siempre decía que un tío de su edad no podía tener tanto acné en el rostro, que si le ocurriera a él le daría un soponcio. Yo le daba la razón porque entonces no existía Geli de Mora o Corporación Dermoestética, y ni soñando imaginabas que semejante desgracia pudiera tener solución. Ahí estaba el teniente Castillo en la serie de moda para confirmarlo, condenado a hacer papeles de duro o de malo y sin la guapa de turno a su lado.



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FRAN me enseñó a hacer piruetas en la playa, que estaba muy cerca de nuestra escuela de danza. Me ayudaba con los deberes de mates y yo le hacía los trabajos de plástica. Mi abuela, que era muy moderna, le dejaba quedarse a dormir en casa, siempre que aguantáramos sus batallitas hasta altas horas de la madrugada durante el fin de semana. También nos hacía bizcochos para merendar y nos invitaba al teatro, a ver los musicales que le gustaban y disfrutar de la compañía de su nieta y su amigo, que ya tenía adoptado.





Foto: Marijo Grass



Parecíamos hermanos bien avenidos, pero no tardó en ocurrir lo inevitable: sin darme cuenta me fui enamorando, aunque nunca me atreví a confesarlo. Él confiaba plenamente en mí e incluso me hablaba de las chicas de su clase que le gustaban, y que no le hacían el menor caso. Yo pensaba que las otras no eran importantes, al fin y al cabo era mi amigo y pasaba más tiempo a mi lado. Siempre me daba un cálido abrazo cuando nos encontrábamos, se reía conmigo, me consolaba si me habían castigado, recordaba todas las cosas que me gustaban y a menudo me sorprendía regalándome un rotulador bonito o invitándome a un helado.



Foto: Marijo Grass


Un día llegó a mi casa con una noticia fatal que nos dejó desolados: a su padre lo habían trasladado. Se mudaban a un pueblo a 30 kilómetros de distancia y eso suponía una enorme traba en nuestra amistad, cultivada con esmero durante los últimos dos años. En aquellos tiempos no resultaba fácil moverse con el insuficiente transporte público y, además, éramos muy jóvenes para disfrutar de un vehículo propio o prestado, así que aquello resultó tan dramático como un golpe de estado.


A pesar de todo, nunca perdimos el contacto, aunque a veces pasaban dos meses sin poder visitarnos. Cada uno empezó a tener nuevos mejores amigos pero ninguno de los dos consiguió con otros el grado de complicidad que habíamos alcanzado.


Yo también dejé la danza para concentrarme en mis clases de piano; el Conservatorio me proporcionaba amigos de diferentes edades, procedentes de lugares lejanos, que mantenían entretenido mi temperamento curioso, pero yo seguía soñando con FRAN casi a diario.


Llegó el día de mi examen de grado; como en el caso de los bailarines, el concierto se realizaba con público en el teatro. Me dio vergüenza llamarlo, estaba demasiado nerviosa y no quería que su presencia incrementara ese estado. Tampoco deseaba crearle un problema si no encontraba transporte, y yo me obsesionaba pensando que era una excusa porque para él ya no era importante. Pero mi abuela sí lo hizo, convenciendo a su padre para que le diera permiso, y éste accedió si lo acompañaba su primo. Y allí se presentaron ambos. Él estaba radiante, ni siquiera lo recordaba tan guapo.





Foto: Marijo Grass


Se abalanzó sobre mí con la misma sonrisa que años atrás yo le había regalado, y me dio un abrazo tan sincero que me sentí como una princesa Disney cuando aparece su príncipe soñado, raudo y veloz , para librarla de la bruja mala y sus hechizos, porque así debían terminar los cuentos, felices y comiendo perdices, aunque a nosotros nos gustaban más los helados.


¡Estás guapísima!— fue lo primero que salió de su boca—. ¡Tengo algo muy importante que decirte!— acertó a exclamar con cierto grado de turbación en el rostro.


Lo único que consiguió fue aumentar mi nerviosismo porque pensé que aquello, por fin, iba a ser una declaración. En un instante lo imaginé tras el concierto confesando que me echaba mucho de menos, que soñaba conmigo y quería ser más que un amigo; quería salir conmigo, tener una relación.


¡He olvidado la partitura y tengo que tocar de memoria!— acerté a exclamar presa del pánico y la excitación.

¡Eso es imposible! Deja que tus dedos se deslicen sobre el teclado, siente la música en tu corazón, y entonces saldrán los acordes por arte de magia, porque están dentro de ti, ahora juegan con tu emoción.


Entonces me apartó el pelo de la cara y me besó. En realidad sólo rozó mis labios pero fue suficiente para descargar toda la tensión: había soñado tantas veces y durante tanto tiempo con aquella imagen que casi me desmayo de la impresión.


Y salí a escena. Los focos no me dejaban ver más que un par de filas del patio de butacas. Todo parecía más íntimo y en mi cabeza surgieron las notas como por arte de magia, porque en aquella sala sólo estábamos él y yo. Por lo visto olvidé un fragmento de una pieza de Eric Satie pero sólo se dio cuenta mi profesor, y como le regalé una interpretación tan apasionada ni siquiera lo tuvo en cuenta y también me felicitó. Después de los últimos acordes se hizo un silencio sepulcral pero, inmediatamente, la gente se puso a aplaudir con entusiasmo, incluso escuché algunos ¡Bravos! Supongo que eran colegas y familia, que hubieran gritado de igual modo aunque mi actuación hubiera sido un completo fracaso.


Yo quería salir de allí cuanto antes; recuperar a FRAN y desaparecer en su caballo principesco hasta traspasar la línea del horizonte. Y así fue, al principio. Esperó paciente hasta que conseguí salir del teatro, y como habíamos hecho tantas veces nos fuimos a la playa corriendo y nos compramos un helado.


Deseaba compartir mi éxito con él porque ni siquiera creía que fuera mío. Sin su magia nunca lo hubiera conseguido, de eso estaba segura y , en aquél momento, me encontraba dispuesta a sellar aquél día tan importante de mi vida con una declaración de amor.


Estuvimos charlando y riendo atropelladamente durante un buen rato. ÉL me cogía de la cintura con frecuencia y me abrazaba con la misma naturalidad que yo veía en las parejas de novios. De pronto se puso frente a mí y, sujetándome por los hombros y esbozando una gran sonrisa, exclamó:


¡ESTOY ENAMORADO!


Casi pierdo de nuevo el sentido. Mis ojos se dilataron hasta el infinito. ¡Me sentía en el paraíso! Mi cabeza daba vueltas sobre la memoria, proyectándome a cámara rápida los grandes momentos que habíamos pasado juntos. La sonrisa no me cabía en el rostro y estaba haciendo un esfuerzo titánico por no empezar a gritar mi felicidad allí mismo.


Se llama Carlota. ¡Estoy deseando que la conozcas!





Foto: Marijo Grass


Sentí una bala atravesando mi corazón y enmudecí de repente, pero antes me dio tiempo a articular la última frase que saldría de mi boca en los tres meses siguientes:


¡¡¡OLVÍDATE DE MÍ!!!


Si hubiera visto la película de Michel Gondry, que no se había rodado todavía, me hubiera ido directamente adonde pudieran borrar mis recuerdos. Aquél flirteo a ritmo lento jamás se convirtió en romance, como aseguraba Billy Wilder; para mí fue como si hubiera asistido a su funeral, y os aseguro que me costó meses enterrarlo y recuperarme de semejante desengaño.



Foto: Marijo Grass

CONTINUARÁ